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Alicante, 2006

  • Foto del escritor: Mochi de coco
    Mochi de coco
  • 1 oct 2023
  • 2 min de lectura

Cuando era pequeña siempre veraneaba en el mismo lugar. Desde la ventana podía ver el mar y un horizonte infinito. Si fijaba mis ojos en él parecía que no tenía fin y que al otro lado se encontraba algo magnético. Creo que vivía todo el año esperando ese momento. Algo se encendía dentro cuando aparecían las primeras palmeras. “Alicante”. Un viaje de carretera, el frío mal puesto de las cinco de la mañana en julio, la calle en silencio –todos duermen-, campos de girasoles, el amanecer no cabe en este cristal, el cielo se llena de mil colores diferentes, me duermo para viajar en el tiempo, la huerta alicantina, las primeras palmeras, estamos llegando. Nunca volví a sentir lo mismo que aquella vez que me aferré a un balcón porque no quería volver a casa.


Un día algo se rompe dentro. Una cuerda que se corta, un velo que se cae, el tiempo que todo lo diluye. Ya no es socialmente aceptable elegir el mismo helado ni jugar libremente con la arena porque hay miles de ojos que acechan. Un velo que se cae, ahora tengo que ser perfecta. Serías más bonita si te arreglaras esas cejas, estás mucho mejor con el pelo recogido, no eres como las demás, ¿por qué no hablas más?, estás en mi sitio, de mayor vas a ser guapa, qué delgada estás, ¿por qué no sonríes?, nunca se te escucha cuando llegas porque eres extremadamente silenciosa. Ya no es socialmente aceptable ser salvajemente yo porque hay miles de ojos que acechan. Una cuerda que se corta.


Progresivamente los veranos ya no despiertan nada dentro. Son solo lo mismo, son solo calor. Cuando me doy cuenta me he alejado demasiado y ya no veo las palmeras. La infancia se escapa entre tus dedos como un sueño del que no estás segura de haber formado parte, pero te acompañan señales por tu cuerpo para demostrarlo. Yo he estado ahí y soy así precisamente por eso. Voy por la calle y sigo queriendo ese mismo helado y me aferro con fuerza a todos los lugares de los que no quiero marcharme, pero es inevitable soltar. Soy todavía esa niña agarrada de esos barrotes blancos porque quiere vivir para siempre en un hogar donde se vea el mar por la ventana, donde poder desayunar rico cada mañana y donde no parar nunca de reír.


Una cuerda se corta, y un velo se cae. El amor es solo la búsqueda de los días infantiles que una vez perdimos. Si me quieres puedo sentir otra vez el frío de las cinco de la mañana, el amanecer no cabe en este cristal, el cielo se llena de mil colores diferentes, silencio –todos duermen menos tú y yo-, nos dormimos para viajar en el tiempo, las primeras palmeras. Estamos llegando. En algún momento habrá que volver a casa.


Cuando era pequeña siempre veraneaba en el mismo lugar. El amor es verme a mí misma y ser salvajemente yo bajo los ojos que acechan. Llevo conmigo a todas partes la niña que fui para no olvidarme de quién soy.

 
 
 

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